jueves, 22 de octubre de 2009

Imposible de decir

Lento salterio, otoñal gavota zalamera:
Basho y sus amigos salen a mirar la luna;
en verano la gasolina irisa los charcos,

La cortesía secreta que como icor cursa
a través de la forma antigua de un chiste grosero y colorido:
es imposible ponerla por escrito.

"Basho" se llamó a sí mismo “árbol de plátano": banano,
por la planta con que unos estudiantes le recompensaron,
tal vez, por serles guía

al hilar con ellos una noche por las reglas y canales
de un poema colectivo eslabonado,
grabado en el corazón del profesor: vivo, rígido y fluido

como pasajes grabados en un circuito microscópico.
Elliot tenía en su memoria tantos chistes
que parecían criársele como microbios en un cultivopasajes esiot de plátano": arcoiris en la coladera

dentro del cerebro: uno producía al otro
de tal manera que era imposible distinguirlos:
En la corte-cultivo de chistes era él un plátano superior.

Fragmento traducido de "Impossible to Tell" de Robert Pinsky

lunes, 19 de octubre de 2009

Marx, el primer ecologista (a medias)

"Todo progreso de la agricultura capitalista no sólo es un progreso
en el arte de esquilmar al obrero, sino a la vez en el arte de
esquilmar el suelo; todo progreso de su fertilidad en un periodo
determinado significa a la vez un progreso de en la ruina de las
fuentes permanentes de esa fertilidad. (…) [La producción
capitalista] perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra,
esto es, el retorno al suelo de aquellos elementos constitutivos del
mismo que han sido consumidos por el hombre bajo la forma de
alimentos y vestimenta, retorno que es condición natural y eterna
de la fertilidad permanente del suelo."

"Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las
sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la
Tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben
legarla mejorada, como buoni patres familia, a las generaciones
venideras."

“El Capital"

sábado, 3 de octubre de 2009

Cotillas

—Hemos pasado un rato muy agradable —me dijo.
Le contesté que yo también lo había pasado muy bien y era verdad. Y lo habría pasado mucho mejor si no me hubiera estado temiendo todo el rato que de pronto me preguntaran si era católico. Los católicos siempre quieren enterarse de si los demás lo son también o no. A mí me lo preguntan todo el tiempo porque mi apellido es irlandés, y la mayoría de los americanos de origen irlandés son católicos. La verdad es que mi padre lo fue hasta que se casó con mi madre. Pero hay gente que te lo pregunta aunque no sepa siquiera cómo te llamas. Cuando estaba en el Colegio Whooton conocí a un chico que se llamaba Louis Gorman. Fue el primero con quien hablé allí. Estábamos sentados uno junto al otro en la puerta de la enfermería esperando para el reconocimiento médico y nos pusimos a hablar de tenis. Nos gustaba muchísimo a los dos. Me dijo que todos los veranos iba a ver los campeonatos nacionales de Forest Hills. Como yo también los veía siempre, nos pasamos un buen rato hablando de jugadores famosos. Para la edad que tenía sabía mucho de tenis. De pronto, en medio de la conversación, me preguntó:
—¿Sabes por casualidad dónde está la iglesia católica de este pueblo?
Por el tono de la pregunta se le notaba que lo que quería era averiguar si yo era católico o no. De verdad. No es que fuera un fanático ni nada, pero quería saberlo. Lo estaba pasando muy bien hablando de tenis, pero se le notaba que lo habría pasado mucho mejor si yo hubiera sido de la misma religión que él. Todo eso me fastidia muchísimo. Y no es que la pregunta acabara con la conversación, claro que no, pero tampoco contribuyó a animarla, desde luego. Por eso me alegré de que aquellas dos monjas no me hicieran lo mismo. No habría pasado nada, pero probablemente hubiera sido distinto. No crean que critico a los católicos. Estoy casi seguro de que si yo lo fuera haría exactamente lo mismo. En cierto modo, es como lo que les decía antes sobre las maletas baratas. Todo lo que quiero decir es que la pregunta de aquel chico no contribuyó precisamente a animar la charla. Y nada más.

The Catcher in the Rye, Salinger